Transferencia

Transferencia
*Auspiciada por la Universidad Nacional de Santiago del Estero, por Resolución Nº 728 CUDAP:EXPE-MGE:0004039/2011. A partir del 6 de Septiembre del 2011.

*Declarada de Interés Académico por el Honorable Consejo Directivo de la Facultad de Humanidades, Ciencias Sociales y de la Salud de la Universidad Nacional de Santiago del Estero, por contribuir al desarrollo de la producción cultural de la provincia. (Resolución CD FHCSyS Nº 143/2011), a partir del 23 de Agosto del 2011.

*
Declarada
de Interés Educativo por el Instituto de Acción Cooperativa (Art. 1º; Resolución 406/2008 - Santiago del Estero, 18 de Julio de 2008), teniendo en cuenta la importancia que representa para el acervo cultural la difusión de conceptos y pensamientos del Psicoanálisis en la Cultura.

EL SECRETO DE LA CELDA



 
            Mucho puede observarse y mucho se puede opinar sobre la rotunda obra de Federico Nietzsche. Dificilmente su liviandad o tibieza. Aquellos que se acercan a las páginas, no precisamente dóciles, que componen su obra, no suelen mantenerse neutrales: obligados se encuentran de tomar partido, de admirar o bien rechazar esas ideas, que como es sabido se continúa en idolatrar o bien aborrecer a su autor. Posiblemente allí esté el secreto de la trascendencia, verdaderamente notable, que tuvo y que tiene este filósofo. Sorprende no tanto la cantidad, más aún la variedad   humana que compone las masas de seguidores nietcheanos: Adolescentes rebeldes, cultos profesores, inquietos poetas; hordas de lectores que se suceden y reproducen atropelladamente, como las generaciones ratoniles de Kafka. Lo que cabe preguntarse es si aquél, el antiguo y ya fenecido dueño de la estimulante voz, consideró una tascendencia semejante de su obra. No si la deseó o si la imaginó, lo que es seguro; más bien si la intuyó posible, si hubiera apuntalado ese deseo en la creencia sincera y consecuente de las lejanías del tiempo y del espacio; como todos las creemos o sabemos: entendiéndolas nuestras y reales.
            “En la Cárcel” un interesante fragmento de “Aurora” fechado en 1881 viene a respondernos: una consideración así no le hubiera parecido sensata. Podríamos leer en esas pocas páginas un alegato solipsista, hasta notar que el argumento es inseparable de la existencia (externa) del espacio, pero el espacio está limitado aquí a ser sólo aquello que impresiona los sentidos en el  instante presente. Nietzsche se reconoce no tener mas pruebas del universo que sus percepciones actuales e inmediatas; el resto es sólo una creencia, un supuesto. No ostenta más existencia para él que sus virtuales memorias o falseables palabras.
            Desde una perspectiva un poco juguetona, puede observarse que el filósofo lleva la pretención positiva y empirista a una nueva potencia. Exagerada, bien puede decirse. No inconsecuente. ¿Que pruebas tenemos, en este instante, de que existe algo, sea lo que fuere, más allá de lo que estamos percibiendo? ¿ Y que pruebas de lo que existió o existirá? Por lo general necesitamos ser muy crédulos para con nuestros recuerdos, y mucho más para con los supuestos de nuestras razones. El filósofo martilla, nos prohíbe esta básica tranquilidad.

            “Mi ojo, por fuerte o débil que sea, ve solo en cierta amplitud, y en ella me muevo y vivo; esta línea del horizonte es mi destino próximo, grande o pequeño, del que no puedo escapar. ” comienza Nietzsche, sumergiéndonos desde la primera línea en su atmósfera carcelaria. De consentir a respirar su quietud, lo distante aparece como una dulce, una coherente creencia, pero la certera existencia del espacio, y nosotros con ella, se limitan al interior de esa burbuja que con Nietzsche llamaríamos “horizonte del destino próximo”, en donde “nuestros sentidos nos encierran como entre muros”.
            En fin, puesto que algo hay que decir, diremos que los textos de “Aurora” tratan sobre el conocimiento. Dejaremos apartado el  que Nietzsche desde su carcel desarrolle principalmente el tema de la relatividad absoluta de todo tamaño, la falsedad y pereza de sentenciar las cosas como grandes o pequeñas. Bellamente, imagina perspectivas en que los sistemas solares son vistos como diminutas células y viceversa. El tema es digno, mas no original: ya había sido tratado, con humor, por Voltaire; antes, con pavor, por Pascal; de ceder al impulso de la serie, ciertamente terminaríamos saludando a Protágoras.1
            Lo que nos interesa aquí es subrayar la drástica contracción que Nietzsche a conseguido, desde aquella gran, acaso infinita burbuja a la que convenimos nombrar universo a otra cuyos bordes no superan el alcance de nuestras propias percepciones. Y  el ser del autor, incluso,  no resulta inmune a esta implosión, reduciéndose a sí mismo a no ser mas que un centro, y mas bien arrastra a todo ser a identificarse con lo puntiforme. Textualmente: “ De este modo, en torno a cada ser hay un circulo concéntrico, que tiene un punto medio que le es propio”
¡Un punto! Aquí ya el quieto y oscuro aire de la cárcel se nos antoja irrespirable. En busca de frescura y pureza, tal ves hasta verdor, deberemos atravesar medio siglo y casi una Europa hasta escuchar la voz del maestro Alberto Caeiro.
            En principio, poco parecen tener en común este poeta portugués con el rabioso filósofo alemán.  Caeiro sólo existió en la mente de un autor, eso no le impidió nacer en Lisboa, ocupar una apartada y anónima vida en desarrollar su obra, finalmente morir de tuberculosis2. Escribió versos extraordinarios, contundentes, de fina inspiración bucólica. Lo poco en común: fueron notables estetas ambos, y encarnizados enemigos de cualquier idealismo.
            En los versos del maestro se dibujan los senderos, tal ves los únicos, que podemos recorrer para abandonar la realidad puntiforme en la que el depojo nietzscheano nos a abandonado. Y nuevamente es la relatividad de los tamaños la que nos encamina: el poeta intenta mostrarnos, mas bien demostrarnos, lo que resulta del reducido tamaño de su aldea: que desde ella se ve más, se puede ver más mundo. Y es por eso que mucho, mucho más grande que la ciudad... es la aldea.

“Porque yo soy del tamaño de lo que veo
y no del tamaño de mi altura”

            Ya Bernardo Soares, un poco mas cercano al autor que nosotros, intentó transcribir sus sensaciones, el derrumbe metafísico, casi extático, que produce esta frase.
¡Soy del tamaño de lo que veo! ¡No del de mi altura!
            Aprópiese el lector de este desgarro de sus propios contornos por la contemplación de lo inmenso. Caeiro es mil veces mas enorme mirando la lejana luna que contenido por paredes, techos, torres de ciudad.
            Su ser se desborda, sus límites se expanden y acarician los de su propia percepción que ya no se entiende como  el exibirse de lo que le es ajeno, ni aún como propio, le es mas bien consustancial. Asombrados, entrevemos su hipostática reunión con todo lo que percibe.
            Descubre por su vía los mismos límites que Nietszche, pero lo que a este le resulta frustrante, en los versos del maestro Caeiro resulta exaltante. Nietszche se imaginó ser un punto contemplando impotente  un muro infranqueable, Caeiro es los muros mismos, infinitos, su cuerpo ocupa las estrellas. En esa expansión, en el coincidir, o difuminar los límites de su ser y los límites de su mirada, no hay ya universo, supuesto o real, que pueda añorarse detrás, porque secretamente son ellos los que lo contienen.

P.D:  Aunque ya lo hallamos nombrado, (y en realidad habitó siempre este texto, omnipresente) es el momento de recordar explícitamente a Blaise Pascal, en ánimo de reordenar, mediante nueva antecedencia, lo expuesto.
            Es sabido que fué él quien nos legó, entre delicadezas teológicas y geométricas, la imagen horrible del universo infinito y silencioso, de la “esfera cuyo centro está en todas partes y la circunferencia en ninguna.” Lo invisible de cualquier límite, lo inhasible de toda referencia, fueron para él una angustia dolorosa y final, de la que ni las piedades del Cristo ni los determinismos de Arrio pudieron consolarlo. Nietszche diluyó ese agorafóbico sueño declarando en la percepción los límites precisos de la esfera, inventando un infranqueable universo portátil. Pero su refugio resultó asfixiante y oscuro, es la añoranza de ventanas que sabe impensables. Caelo procede por yuxtaposición: en el instante mágico de su poesía consigue (horror del geómetra!), que el punto y la esfera coincidan, que los límites de lo infinitesimal no se distingan de lo infinito.
 
Guillermo Zimmermann. 
Psicoanalista. Mbro del Grupo de Estudios Psicoanalíticos de Santiago del Estero.
           


1  Micromegas del primero, y varias páginas de los Pensamientos del segundo.  El guiño al sofista se debe, claro, a su celebrada frase: “El hombre es la medida de todas las cosas” en que tantas ideas, tantas filosofías se autorizaron.
2En rigor, de varios autores. En “Los tres últimos días de Fernando Pessoa” de Antonio Tabucchi el Maestro Caeiro es resucitado de un modo más que interesante. Y por supuesto, en la mente de miles de lectores.

0 comentarios:

para continuar haga click en ENTRADAS ANTIGUAS

..